Lectura: 1 Corintios 1:1-2
Versículo destacado: “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Corintios 1:2)
Tema: Los santificados llamados a ser santos.
Comentario: Es interesante prestar atención a como los apóstoles se dirigían a los creyentes en los Escritos Sagrados. Por ejemplo, Pablo escribió: “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Corintios 1:2). En primer lugar, Pablo consideraba a sus hermanos en Cristo como “la iglesia de Dios”. Es decir, la asamblea o grupo congregado por Dios y para Dios. Este grupo había sido llamado a salir del mundo con un propósito y con una misión divina. Ahora, sin importar raza, cultura, género o posición social; los creyentes formaban una nueva comunidad, un nuevo pueblo que pertenecía a Dios y representaba a Dios ante el mundo. En segundo lugar, Pablo se dirige a los creyentes recordándoles que fueron “santificados en Cristo Jesús”. Se refiere al pasado, a algo que ya ocurrió y que los creyentes ya obtuvieron. Ellos fueron “separados”, “consagrados” y “justificados” por haber sido unidos a Cristo en el momento que creyeron en él. Dios hoy ve a sus hijos como santos, por la obra de Jesucristo por ellos. Sin embargo, Pablo agrega una tercera idea al referirse a sus hermanos cristianos. Él dice que fueron “llamados a ser santos”. Si bien los cristianos son justificados y hechos santos por los méritos de Cristo y por su unión con él; no es menos cierto que, todos los cristianos, tenemos un llamado a buscar la santidad y a progresar en ella. Aún hemos de separarnos del mundo para Dios y aún hemos de procurar crecer en la gracia de Dios para llegar a la medida de la estatura de la plenitud del carácter de Cristo. ¡Esto requiere entrega y obediencia! Agradezcamos siempre a Dios por haber sido llamados a su pueblo, a esa iglesia que le pertenece y que el Señor Jesús compró con su sangre. Agradezcamos porque la obra de nuestro Salvador nos hizo aceptos y santos ante nuestro Padre celestial. Por último, recordemos que fuimos llamados a caminar en santidad ajustando nuestras vidas a la ley de Cristo y a la voluntad de Dios revelada en Su Palabra.
¡Qué la gracia y la paz de Dios sea sobre su vida!
En Cristo, Julio Fernández
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