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Lectura: Apocalipsis 1:12-18

Versículo destacado: “… Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”  (Apocalipsis 1: 17-18)

Tema: La magnificencia de la persona de Jesucristo

Comentario: El apóstol Juan se hallaba preso en la isla de Patmos por causa de su fe cuando recibió un conjunto de mensajes y visiones reveladoras. En el continente, los cristianos del Asia Menor también estaban sufriendo oposición y persecución por su lealtad a Cristo. Corrían los últimos años del siglo primero de nuestra era y el emperador romano Domiciano demandaba ser adorado y reconocido como dios. Ni Juan ni los cristianos podían cumplir con esa demanda. Para ellos sólo había un Señor y ese Señor era Jesucristo. Fue así que la ira del emperador romano se desató contra el pueblo de Dios y muchos cristianos fueron perseguidos, encarcelados o muertos. Eran tiempos difíciles y muchos comenzaron a temer y a dudar de su fe. En este contexto, el apóstol Juan recibió una extraordinaria revelación de Jesucristo, el libro que hoy conocemos como el Apocalipsis. Un día mientras oraba, Juan sintió una  fuerte voz y, al darse vuelta, cayó postrado ante el esplendor de la persona que estaba contemplando. Era el Cristo glorificado. Juan tenía ante sí, no a un hombre que demandaba se lo glorifique tal como lo hacía Domiciano; sino al divino Jesús ante cuya gloria nadie puede mantenerse en pie. Juan describe la magnífica presencia de Cristo comparándola con elementos conocidos por los hombres. Sus cabellos son de un blanco más radiante que la más pura lana; sus ojos más penetrantes y puros que el ardiente fuego; sus pies más refulgentes que el bronce en su máximo esplendor; su voz más imponente que la caída de las aguas desde las cataratas de un río caudaloso; su rostro radiante de una luz cegadora más potente que la del sol en toda su fuerza. Juan concluye, su descripción de Jesús, diciendo que Cristo estaba vestido como la realeza, con una ropa que le llegaba a los pies y con un cinto de oro ceñido por el pecho. Jesús seguía siendo el mismo, porque él es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Hebreos 13:8). Seguía siendo el santo e inocente cordero de Dios. Pero el humilde carpintero de Nazareth, en la visión de Juan, es mostrado en toda su gloria celestial. Aquel que habiéndose hecho un niño indefenso lo dejo todo para venir a morir al mundo en una cruz, se transformó en el ser humano más espléndido y extraordinario de la existencia. Y los cristianos de finales del primer siglo, necesitaban recordar quién era su Señor, líder y Maestro. ¡Necesitaban recordar que Jesús es plenamente divino, además de ser completamente humano! También necesitaban recordar que más allá de cualquier problema, vicisitud, persecución o sufrimiento, Cristo estaba reinando y controlando la historia de una manera soberana. Con todo poder y majestad. De hecho, en la visión se ve a Jesús en medio de los candeleros de oro. Estos candeleros son siete. Siete es un número que, simbólicamente, significa lo total y lo completo. Los candeleros también son símbolos. Son símbolos de las iglesias de Dios en Cristo. Son de oro porque las iglesias tienen mucho valor para el Señor. Toda esta deslumbrante descripción del Cristo glorificado en medio de los candeleros de oro, tiene una gran significancia. Nos enseña que alguien más grande que cualquier trastornado gobernante humano, está en control de la historia y de la iglesia. ¡Jesús cuida a su pueblo y es el Señor de la historia! ¡Nada debemos temer! De hecho, lo primero que Jesús le dice a Juan tocándolo con cariño es: “no temas” y le recuerda quién es él. Es como si Cristo le dijera: no temas, porque no hubo nadie antes de mí, ni lo habrá después; no temas, porque probé la muerte, pero la vencí; no temas, porque yo vivo por siempre y ni la oposición, ni la persecución, ni la mismísima muerte los podrá apartar de mis manos y de mi amor. Recordemos siempre quién es Jesucristo. Quién es el que tiene el poder y el control sobre todo. Seamos firmes y valientes en dispensar sólo a él nuestra devoción y adoración por siempre.

¡Qué la gracia y la paz de Dios sean sobre sus vidas!

En Cristo, Julio Fernández