Spread the love

Lectura Bíblica: Salmos 27

Versículo destacado: “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón;aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado” Salmos 27:3

Tema: Confiando en el Dios que es nuestra luz, nuestra salvación y nuestra fortaleza.

Comentario: David comienza este salmo concentrándose en Dios y describiéndolo de tres maneras. Él dice que El Eterno es su luz, su salvación y su fortaleza. Esto le da ánimo y le da esperanza porque entiende que nada ha de temer en la vida, porque Dios es su sostén. Nosotros deberíamos confiar en Dios de la misma manera. Tal como escribió Robert L. Alden: “El Señor es luz, salvación y fortaleza. Por eso el creyente no tiene razón para temer. Quizás estas tres cosas se refieran a los tres elementos de nuestra personalidad. Es luz para nuestras mentes que de lo contrario estarían entenebrecidas. Es salvación para nuestras almas que de lo contrario estarían perdidas. Es fuerza para nuestros cuerpos que de lo contrario serían débiles”.

¡Sí, Dios ha de ser nuestra luz, nuestra salvación y nuestra fortaleza! Para David, Dios era la fuente y fuerza de su vida y él se había propuesto recurrir a esta fuente todos los días. Sabía que sino buscaba a diario la luz, la provisión y la fortaleza que vienen de Dios; perdería el rumbo y las energías que necesitaba para luchar y avanzar en el vida. En el versículo 4, escribió: Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su temploDavid tenía como prioridad buscar a Dios, pasar tiempo con él adorándolo e inquiriendo sobre sus caminos, su voluntad y su Palabra. Es vital en la vida del creyente pasar tiempo con Dios. A solas. Buscándolo, contemplándolo, escuchándolo. El tiempo devocional debe ser una prioridad para todo creyente.

En la vida de toda persona, los tiempos malos llegarán. Para sobrellevarlos necesitamos estar cerca de Dios y necesitamos conocer a Dios personalmente como nuestra luz, nuestra salvación y nuestra fortaleza. Habrá tiempos que sentiremos, como David, que ejércitos y guerra se levantan furiosos para destruirnos, pero nuestra fe en el Dios vivo y verdadero será nuestro sostén. Tal como dice el versículo 3: “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado”.

¡Qué hermoso versículo! Hace años, durante mi tiempo devocional, estaba meditando en este Salmo 27. Al llegar al versículo 3, me detuve, y lo registré en mi cuaderno; porque me pareció saltar de mi Biblia. Sentí que estaba recibiendo un mensaje fresco de Dios con ánimo y esperanza. ¡No debía temer, porque mi Dios que es luz, salvación y esperanza me protegería aún de las situaciones más extremas y de los enemigos más poderosos! Registré mis pensamientos y un rato más tarde, salí hacia el trabajo. Mi auto estaba estacionado justo en la puerta de casa, así que subí rápidamente, me senté y – de pronto – sentí que alguien me golpeaba la ventanilla. Giré mi cabeza hacia la izquierda y, al instante, un joven se introdujo por la puerta derecha apuntándome con un arma de fuego. Eran, en realidad, dos muchachos, muy jovencitos. Me amenazaron y rápidamente, me hicieron pasar al asiento trasero con uno de ellos que me apuntaba directamente con el arma a la cabeza. Tenía un Fiat 147 blanco, sin puertas traseras. Así que, ahí quedé. Atrapado, casi afixiado y amenazado con un arma. No podía salir. No había forma de escaparse. Estaba absolutamente encerrado. No había oportunidad para ninguna acción o maniobra mía. Tampoco había nadie en la calle. Nadie vio la situación. Uno de los jóvenes aceleró el auto y salimos a gran velocidad. Al hacer unas cuadras, el acelerador se trabó y el auto quedó desbocado. No lo podían frenar. Doblamos, aún a gran velocidad y todo indicaba que nos dirigíamos hacia una zona de villas de emergencias. Atine a hablarles y les pedí que apagarán el motor, porque nos estrellaríamos. Siguieron, no podían desacelerar el vehículo y el ruido que hacía el auto era ensordecedor. Me pareció marchar hacia un accidente seguro, hacia una tragedia. El ruido llamaba la atención de los pocos transeúntes que caminaban por Ballester en esa hora de la siesta. Finalmente, me escucharon. Estaban muy asustados. Se nota su miedo y nerviosismo. Apagaron el auto. Lo arrimaron al cordón de la vereda y, como habían hecho tanto ruido, se bajaron y huyeron corriendo. En realidad, nada había hecho personalmente, porque nada podía hacer. Estaba a la merced de mis “enemigos”, inmóvil, amenazado…. Entonces, recordé las palabras que en la misma mañana, me habían impactado durante el tiempo devocional: “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado”. ¡Ese día, este Salmo fue un regalo especial del cielo!

Dios es un Dios vivo. Él nos habla, nos anima, nos protege. David sabía esto. Por eso, buscaba pasar tiempo con Dios e inquirir en su Palabra. Dios guiaba a David y también puede guiarnos a nosotros hoy. Dios es quien levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean“ y nosotros le agradeceremos dando en su tabernáculo sacrificios de júbilo” cantando alabanzas al Creador(ver.6)

Hermanos, nuestro Dios es nuestra luz, nuestra salvación y nuestra fortaleza. Él siempre nos sostendrá y nos amparará. En este Salmo se nos promete que “aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (vers.10) ¡Dios no nos dejará huérfanos ni abandonados! Dios es un Dios bueno, un padre compasivo y amoroso. ¡Jamás dejemos de confiar en él, porque él está en control de todo y todo lo guiará para el bien eterno de sus hijos!

Las promesas de Dios deben ser el sustento de nuestra fe. Dios no prometió que nunca tendríamos problemas o que nunca estaríamos en situaciones peligrosas. Pero, ¡Él prometió estar con nosotros en medio de cualquier evento o situación de nuestra vida! Vivamos confiando con fe en Dios. Vivamos con esperanza en tiempos mejores, para no desmayar. Tal como dijo David: hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de El Eterno en la tierra de los vivientes” (vers.13).

Cualquiera sea nuestra situación, refugiémonos en Dios. Busquémoslo a diario. Adorémoslo e inquiramos en sus santos caminos siguiendo el consejo final de este salmo:

“Aguarda a El Eterno;

 Esfuérzate, y aliéntese tu corazón;

 Sí, espera a El Eterno”.  (Salmos 27:14)

¡Qué la gracia y la paz de Dios sea sobre su vida!

En Cristo,  Julio Fernández